Mercedes y Guillermo Oyanguren son sus nuevos propietarios. Los mercedinos observaban el lugar con fantasía y misterio. El pasado jueves hubo un encuentro del que fuimos parte. La casa de los Herrero – Sampol sigue sumando capítulos a una historia que empezó a escribirse en la década del 30.

(Por Walter Anido)

La ciudad de Mercedes tiene construcciones antiguas, de estilo, de esas que puedan apreciarse sin conocer un ápice de cuestiones arquitectónicas. Muchas de ellas están allí pasando desapercibidas, escondidas de la mirada cotidiana. Otras no. Imposible que su belleza o su imponencia se escapen de los radares visuales. No es un dato menor que en los pueblos como el nuestro la curiosidad convive como uno más. Hace ya tiempo que a tantísimos mercedinos no se les escapó del enfoque ni mucho menos de las charlas lo que estaba sucediendo con la propiedad que se encuentra en la esquina de 21 y 26, aunque poco supieran de ella, de su historia, de su pasado y de su presente. Imposible no reparar en ese sitio, incluso porque la mano de las calles de la intersección llevan a que no se pueda obviar. Hoy luce impecable, como cuando en aquellos años de la década del 30 se levantó para que allí escribieran su historia de amor y de familia Don Teófilo Herrero y Ana Sampol de Herrero. La curiosidad vuelve a aparecer y como también solemos darle rienda suelta a las versiones aldeanas, no fueron pocos los que empezaron a realizar afirmaciones sobre lo que allí estaba sucediendo. Un día en un programa radial llegaron a preguntarle a la audiencia que pensaban que iba a suceder en esa casa que habían arreglado con refinado gusto. Cosecharon todo tipo de respuestas, hasta la fantasía se coló en algunas. No sé porqué pero cuando paso por delante de ella suena imaginariamente en mi cabeza la canción del Nano Serrat. Esa que habla de los fantasmas del Roxy, especialmente la parte en que dice,  “pero de un tiempo acá, en el banco, ocurren cosas a las que nadie encuentra explicación”. Indudablemente atrae, tiene magia, tiene encanto.

 

Y una mañana…

Casi que se creó una atmósfera misteriosa detrás de esas rejas. Una atmósfera que no cambió cuando se abrieron. Durante la semana la coordinadora de museos del municipio, Marcela Brown, me mandó un audio. Me decía que el jueves por la mañana un familiar de Herrero iba a venir a ver la casa porque la actual propietaria le aseguró que podía hacerlo. Le iba a permitir reencontrarse con sus recuerdos. Me invitó a ser parte de ese momento. Algo me dijo que era necesario estar allí. Llegué casi en horario y entré por una puerta de servicio que está sobre la 26. Apenas recorrí ese pasillo sentí que la energía que había allí no era común, ni siquiera el aire que se respiraba. Estaba en mis cabales, aclaro. Justo yo diciendo esto que soy más amigo del escepticismo que de este tipo de sensaciones. Comenzó entonces mi recorrida visual. Nunca supe cómo era esa casa en su interior, pero tuve la sensación que todo estaba donde debía estar. Mientras tanto Hernán Herrero conversaba con Mercedes Oyanguren, la actual anfitriona del lugar. Marcela Brown y yo éramos testigos privilegiados de momentos movilizadores. La madre de Hernán, Ángela Bereciartu de Herrero, era una reconocida artista. El grabado era su especialidad. Hernán vive en la ciudad de Buenos Aires. Su viaje a Mercedes no era uno más. Tomó un tren en Once a las 5.05 y tras la combinación en Moreno llegó a la estación del Sarmiento. Casi cinco horas. Su equipaje: una lámina firmada por su madre y una serie de fotos en blanco y negro de aquellos días felices que habían tenido lugar en esa casa. Mercedes se conmueve, no puede creer que el grabado que le obsequia es una escultura que está en una foto detrás de Ana Sampol. El resto de las imágenes no hacían más que confirmar aquello que había presentido. Mucho de lo que ahora estaba en colores estaba justo en el mismo lugar. Era como ver pasar el tiempo a la velocidad de la luz, era como sentir que ese blanco y negro tomaba nuevos colores de modo vertiginoso. Hernán explica, Mercedes escucha y también pregunta. Salen de la casa, hacia la ochava. Miran el frente y los frisos que restauró Ricardo Bartolomeo. Del otro lado de la reja una señora interrumpe: “¿a qué hora se puede visitar la casa?”, dice. La pregunta causa sorpresa, pero Mercedes no duda, va a buscar la llave y permite que ingrese. Era Margaret Bell, la esposa del Dr. Rivera, quien no tenía familiares en esta ciudad y los Herrero habían sido su familia adoptiva. Margaret reconoce a Hernán, lo abraza y vuelven a aflorar recuerdos del pasado. Todo sucedía en cuestión de minutos… Nada debe haber sido casual. Entonces volví a pensar que no éramos los únicos los que estábamos ahí. Casi que estaba dejando de ser escéptico. Mercedes disfruta, sonríe y siente íntimamente que estaba derribando los mitos pueblerinos que esperaban en la vereda y que a esa altura podían creer que no estaban invitados a pasar.

Centro Cultural

Los nuevos propietarios no son mercedinos, aunque por algo llegaron a Mercedes. No está muy claro porqué fue Mercedes. Pues ya habían intentado salir de la vorágine capitalina en una isla del Tigre o se les pudo haber ocurrido Pilar como ciudad para que sus hijos crezcan en un escenario más natural. Sin embargo fue San Jacinto. Mercedes y su esposo Guillermo, compraron una chacra hace muchos años, más de 20. Cuando Mercedes venía a la ciudad miraba algunas casas que le gustaban. La de 26 y 21 no era la única que le causaba atracción, aunque era la única con la que podía comunicarse, con la que tal vez se sentía correspondida. En cierta ocasión tres carteles de inmobiliarias diferentes se colgaron de las rejas. Mercedes, que tiene ese nombre porque su madre era devota de la Virgen de la Merced, fue a cada una de ellas y dejó su teléfono de contacto. Nunca la llamaron. La propiedad salió de la venta. No estaba en el mercado, pero sí en espera. Cierto día charlando con la propietaria de Liliana Boutique encontró una línea que podía conducirla hasta el real escenario de la historia. Logró comenzar una charla para avanzar en una operación inmobiliaria con familiares del Dr. Ignacio Garcerón, el último dueño de esa propiedad. Sin intermediarios llegó a buen puerto. Llave en mano por fin estaba adentro de esa casa. Todo estaba arrumbado, abandonado. Pero todo estaba ahí. Como un rompecabezas dentro de una bolsa que hay que volver a armar. Las paredes le hablaron. ¿Las paredes?, es un decir. Restauró buena parte de esas cosas (muebles, espacios, lámparas) y después de un prolongado lapso la casa de la década del 30 volvió a estar reluciente, como sintiéndose orgullosa de haberse vuelto a vestir de gala. Honró la historia, o tal vez se lo pidieron las paredes… esas que hablan. Mercedes comenzó a gestionar la posibilidad de convertir ese lugar en un Centro Cultural y lo hizo. Ahora se llama Casa Mercedes, como ella, como la ciudad. En el frente hay un espacio en altura que espera que se escriba ese nombre. Se permite imaginar hasta una alfombra roja para la entrada de algún evento que todavía no sucedió. El tiempo pasó rápido en la recorrida y la anfitriona imagina qué tipo de eventos podrían llevarse a cabo en esa casa. Me mira sentada en un banco ubicado en el hall principal y me dice que seguramente hará lo que le pida la casa. Ahí me hace dudar aún más respecto a que las paredes pueden hablar. Todos vuelven a sus lugares. Margaret queda con Hernán para encontrarse y revisar más fotos en blanco y negro. Hernán vuelve a la estación para tomar el tren con menos equipaje. Marcela tiene una muestra de fotos en la plaza. A Mercedes le suena el teléfono y es su hija que está a punto de recogerla para ir a San Jacinto. Cierra todas las ventanas y hay menos luz en el interior de la casa. Pone la alarma y le echa llave a la puerta. La histórica y prolija casa vuelve a quedar vacía. Me despido y creo escuchar algunas voces que venían desde adentro. Debe haberme parecido, tal vez porque todo había sido demasiado real.

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