El viernes 22 de abril en la sala A del Teatro Argentino ante nutrida platea presentó su primer trabajo literario el joven escritor y poeta Agustín Iribarne. En el transcurso de una entrevista realizada con sobriedad profesional por su tío Marcelo Iribarne, el autor desandó algunas aventuras de sus viajes y leyó varias de las poesías que contiene su libro “Viajando por el mundo hacia mí mismo”.

 

Valiosa entrega.

Invitado por su padre, mi entrañable amigo Ricardo, asistí a un acto colmado en la ocasión por numeroso público, del confortable auditorio -aquél que fuera el «pullman» tan frecuentado en mi niñez-, del primer piso del antiguo y recordado «Cine Argentino»; en la ocasión colmado por numerosa concurrencia, con motivo de la presentación a cargo de su autor, Agustín Ricardo Iribarne, del libro «Viajando por el mundo hacia mí mismo».

Imaginando por el subtítulo -«Diario de experiencias»-, asistiríamos a un relato de dilatado anecdotario; confieso no dejó de sorprenderme, gratamente por cierto, la elocuente descripción de vivencias que nos transmitieron el contenido espiritual y humanista que le imprimió el viajero a su obra.

Mucho más allá de la crónica turística, exhibió el virtuosismo de «viajar» recepcionando experiencias de sus múltiples periplos por el planeta y su gente, que fueron su plataforma literaria.

En tal contexto nos llevó de la mano a través de poemas y sentires de su pluma, inspirada en naciones y culturas de diversa policromía, que transitamos juntos, transportados por su prosa, sus versos y su palabra; pero fundamentalmente, supo llevarlo -y llevarnos-, hacia su rico mundo interior; Norte al fin de su incesante búsqueda.

Surgió claro, en la elocuencia de sus trashumantes relatos, la dicotomía entre el manifiesto cosmopolitismo que lo enamora, y el parangón con el sentimiento motivado por el terruño natal, mostrándonos, la compatibilidad y correlación entre ambos.

Así fue como gratificó a una audiencia que, si bien mostró visitantes de otros lugares, contó con mayoría vecinal, poniendo de resalto el amor que lo determinó a retornar al pago chico – ¡siempre presente! -, a la cotidianeidad del vínculo afectivo con sus padres, su familia, sus amigos y el entorno comunitario que lo vio crecer.

A esa dimensión espiritual, le asignó un lugar de privilegio en su vida, entre aquellos valores intangibles que al decir de Saint Exúpery, «no se pueden perder en un naufragio».

¡Y tanto más de quien durante hora y media, nos cautivó haciendo gala de un dominio dialéctico, tan atrapante como cálido, que acompañó el carisma de su empática fisonomía!

«El que hereda no roba»; dice un viejo refrán. Vale aquí recordar el profesionalismo periodístico de Ricardo; director de una página ya tradicional entre nosotros.

¡Bravo pues por éste mercedino cabal, que ya se incorpora con su entrega, al patrimonio de tantos y valiosos escritores que le precedieron y honran nuestras letras!

Ariel Dulevich Uzal

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