Ficción de primavera
Cada 21 de septiembre Mercedes se vuelve joven y la monotonía gris de la institucionalidad que la caracteriza, se transforma en paleta de mil colores y brilla con la algarabía de los estudiantes, como si el arco iris decidiera recostarse sobre sus calles y plazas.
La noche anterior al último día del estudiante fue especial. En el curso, nos habíamos puesto de acuerdo para salir todos juntos desde mi casa alrededor de las diez de la mañana. Dos compañeros se quedaron a dormir esa noche. La pasamos charlando y haciendo mil conjeturas acerca del pic-nic, hablando de nuestras compañeras y de las del otro curso, tratando de descubrir quién podía gustar de quién y mil temas más hasta que nos quedamos re- planchados, con la luz del velador encendida, a eso de las tres de la madrugada…
A las tres de la madrugada, la mayoría de los que nos quedamos a esperar el 21 ya estábamos en la quinta. La ocupamos desde la noche anterior para custodiarla y recibir el día de la primavera a pura joda, mientras otro grupo se quedó vigilando la escuela para evitar que la pintaran o arrojaran panfletos provocadores los de los otros colegios. Acá cargamos las heladeras de cerveza, fernet y coca, armamos la barra y dejamos todo listo para el 21 que amaneció de diez…
Como a las diez salimos de casa en bicicleta rumbo al parque. Éramos más de veinte por la calle, con las mochilas a cuestas, cargadas de sándwich, gaseosas y alguna que otra petaquita de whisky que algún osado ocultaba en el pantalón.
¡Éramos un peligro! Avanzábamos zigzagueando por las calles, nos íbamos de un cordón a otro, hablando y cantando, haciendo un ruido bárbaro con matracas y silbatos.
Enfilamos en bicicleta por avenida 17…
Por avenida 17 tomó el camión que nos llevaba a la quinta. ¡Qué kilombo!
Era una locura total. Cantando, gritando, balanceándonos de un lado al otro y moviendo los trapos, chupando, haciendo explotar en las esquinas unos tremendos rompe portones y tiñendo de nuestros colores las calles céntricas ante la mirada perpleja de las viejas que barrían la vereda. Todavía recuerdo la puteada del dueño del “vw gol” al que le lavamos el techo con cerveza cuando intentó pasarnos…
En la avenida nos apuramos, “meta y ponga” con las bicis para llegar lo antes posible. El único rezagado fue el gordo Jorge. Y no se quedó atrás por su exceso de peso, o porque le costara pedalear, sino, es justo decirlo, porque era el único que tenía la bici con enganche y a él le encajamos el carrito donde llevábamos la heladerita, algunas botellas y sobre todo, el elemento más preciado por todos nosotros, el enorme radiograbador con pasacasete, que el papá de Roberto, de buena posición económica, le había regalado para su cumpleaños.
Llegamos al parque.
Las chicas estaban realmente hermosas. Acostumbrados a verlas con el uniforme, era para nosotros un verdadero deleite observarlas con esos jeans apretaditos, remeras de colores fuertes o las mini que algunas se atrevían a llevar. El pelo suelto y los ojitos pintados completaban la escena que nos dejaba boquiabiertos. De a poco, el parque se fue poblando de estudiantes de los diferentes colegios. En un sector de mesas, junto a la cancha de la Liga prevalecían las banderas amarillas y verdes que marcaban la presencia de los varones de San Patricio. Más allá, cerca de la pasarela, los de Nacional, en el sector de los juegos prepararon sus cosas las chicas de Misericordia y acá nosotros…
Llegamos a la quinta.
Temprano todavía, algunas chicas estaban más en pedo que los varones. Estaban de primera con las polleritas pintadas y con adornos en lentejuelas y las remeras de clubes de fútbol, anudadas a la altura del ombligo.
La música estuvo al palo. Baile, joda y mucho alcohol. La pasamos increíble…
La pasamos increíble, la música nos acompañó toda la tarde. La Electric Light Orchestra con su “Último tren a Londres” no paraba de sonar. También Supertramp y los Bee Gees. Y a coro, pasándonos, con complicidad, la petaquita de whisky, intentábamos cantar “Canción para mi muerte”, “Pupitre marrón”, “Seminare” y otros temas y así tomar de la mano a la chica que nos gustaba o robarle un beso para declararle nuestro amor…
Cayó la noche sobre el parque.
Empezamos a guardar todo, levantamos campamento, como se dice, y en bicicleta nos fuimos para el centro. De ahí, cada uno a su casa, a bañarse y prepararse para el baile de la promoción en la confitería de moda. Lo mejor estaba por venir…
Cayó la noche sobre la quinta.
Con la noche, vino lo mejor. Barra de tres metros de largo con dos flacos que no paraban de preparar tragos. Y con la guita que fuimos juntando mes a mes desde el año pasado también pusimos al mejor DJ con un despliegue impresionante de luz y sonido y un par de bandas de cumbia. Y a eso de las tres de la madrugada, le dimos rienda suelta a un show de fuegos artificiales que transformaron la noche en día.
Amanece en la ciudad.
Se encienden las luces en la confitería. De a poco vamos ganando la calle. Alegres, extenuados de tanto bailar. Algunos más alegres que otros.
– A ver, ¿hacé el cuatro, flaco?
– Esperá que me apoyo en el árbol.
Por ahí, un grupo de compañeros, abrazados como hermanos en desgracia, van serpenteando la calle al cruzar. Por acá, una parejita se da el último beso, antes de que el padre de ella venga a buscarla. Allá en la esquina dicen que se agarraron a piñas los de dos colegios que se tienen pica, pero la cosa no pasó a mayores…
Ahora sabemos que no pasó a mayores, pero pudo haber sido muy grave. A dos pibas y un chabón tuvimos que llevarlos al hospital. Para colmo salir de la quinta no fue fácil. Principio de coma alcohólico, dijo el médico.
Después de unos días se recuperaron, pero el cagazo que nos pegamos no nos lo saca nadie…
Con los primeros rayos de sol, llegué a casa y me acosté.
Los primeros rayos de sol me dieron de lleno en la cara y desperté. Aún tenía a mi lado la botella plástica recortada con fernet con coca y mucho hielo. Me la clavé y seguí apolillando junto a la pileta.
Cada 21 de septiembre, Mercedes se vuelve joven. Y a la juventud a veces se la disfruta y a veces se la padece, ¿no crees?
Fernando Pachiani







