Fue un bálsamo. Fue una muestra de composición e interpretación musical de calidad poco frecuente. Fue un riesgo. Y fue, también, una manera de moverse, una manera de ser en el mundo.
La puesta en escena invitaba a ser parte, acercaba. Una pequeña tarima enfundada en color terracota: sillas de bar; una planta; parlantes, micrófonos, cables (artefactos tecnológicos); atriles; instrumentos. La luz tenue de la lámpara y los foquitos de luz blanca coronando el espacio.
El músico entra, aplausos. Silencio. Y comienza el concierto. Comienza y el instrumento es tratado con ternura, convencido el músico (permítanme la licencia que me tomo para interpretarlo) de que la guitarra es su compañera desde hace años (muchos) Han vivido juntos variados momentos. Y seguirán juntos en este camino que es vivir.
Interpretaciones propias y prestadas, como anunció el cartel. Mis gustos destacan la vidala Tierra, El baile, Sunburst, del Momento uno del espectáculo. Luego, del Momento dos, con su amigo «Betún”, En la frontera (¡qué letra!) Del Momento tres, con Andrea Calderón, su compañera de vida, la madre de sus hijos (“qué más se puede pedir”, dice): Momentos I y el dúo (de voces, de vida compartida) para interpretar Salvapantallas. Las tres últimas obras y su interpretación con amigos músicos, también las destaco: Gismonti, Delagnes, sus autores.
Creo que Nacho transita su vida en dos esferas, diferentes y que en él se complementan. Una terrestre: es un ser que vive, que padece esta realidad, con los pies sobre la tierra: no vive en ensoñaciones. Y, a la vez, tiene ese vuelo de los artistas, el vuelo que le permite (y nos permite) crear otra realidad. Otra más benévola, más bella que la cotidiana. Aquella que los artistas nos regalan. Y él nos regaló la noche del sábado 16 de septiembre de 2023 en el Cine Teatro Español.
El concierto transcurrió en dos horas. Fueron momentos que no se dan frecuentemente. Se juntaron la excelencia musical (compositiva, técnica, interpretativa) y todo aquello que no es música (pero lo es): esa manera silenciosa de andar por la vida, que se refleja en cada gesto, en cada pausa, en la caída de su cabeza al concluir cada interpretación.
Y entonces aparece ese poema de Hugo Mujica que dice: También el silencio es huella, huella y seña hacia lo sin nombre, hacia lo que solo se escucha en la renuncia a nombrarlo.
Y también, al día siguiente recordando el concierto, el de Cesare Pavese, ese genial escritor italiano: No se recuerdan los días, se recuerdan los momentos.






