Por María Eugenia Bascarán
“Este fin de semana me vine a Suipacha a descansar, respirar aire puro, recargar las pilas y también al teatro. El espacio es el ex cine teatro español que pasó por distintas épocas. Yo vine de chica al cine a muestras de danza, a clases de gimnasia. Estuvo unos años cerrados hasta que un grupo de vecinos decidió recuperarlo. De a poco, con mucho esfuerzo, lo fueron poniendo nuevamente en condiciones para albergar, entre otras cosas, a los grupos de teatro vocacional de la ciudad y algunas obras que llegan de gira.
Esta vez fui a ver Los 80 de Norita, una adaptación de Verona, de Claudia Piñeiro. El teatro se convierte en un salón de fiestas donde estamos todos invitados al cumpleaños. Las actrices nos reciben, nos ubican y la consigna es llevar algo de comer y de tomar. En 2 minutos ya te sentís parte de una celebración comunitaria.
La obra se centra en las tres hermanas y explora las dinámicas familiares a partir de la excusa del cuidado de la madre. Pero como suele pasar en la vida, lo que realmente está en juego es mucho más que lo que dicen con palabras. Es divertida, irónica y es imposible no sentirse identificado con alguna o con muchas de las situaciones que aparecen. Y quizás por eso, por esa sensación de estar todos juntos compartiendo algo, la obra me hizo pensar en otra cosa, en lo que significa hacer y ver teatro en una ciudad de 8000 habitantes, porque el teatro no necesita de grandes estructuras, ni tecnología sofisticada, tampoco butacas elegantes ni escenografías costosas. Necesita gente que quiera juntarse, elegir una historia, ensayar robándole horas a la rutina y finalmente animarse a lo más difícil, exponerse, mostrarse vulnerable, desnudarse un poco frente a los demás para entretener, conmover, hacer reír o provocar una reflexión.
Y necesita del otro lado gente dispuesta a acompañar esta propuesta, a entregarse a ese ritual a entrar en esa complicidad entre actores y espectadores. Una complicidad que en un pueblo tiene algo todavía más especial porque podés ver arriba del escenario a tu panadero, a la maestra de tus hijos, a tu nutricionista, gente que conocés de todos los días y sin embargo durante un rato aceptas creer que son otra persona que sienten, sufren, se enojan y viven como sus personajes.
Ese es el pacto del teatro, porque para que haya teatro no hace falta una gran ciudad, hace falta una comunidad que no se resigne a tener que viajar para verlo, una comunidad que sea generosa para abrazar a quienes quieren expresarse y acompañar a quienes se animan a subir a un escenario.
Y mientras haya gente dispuesta a hacer este pacto, el teatro va a seguir sucediendo. Los 80 de Norita se siguen festejando durante dos sábados más. Si sos de Suipacha es una cita obligada y si no tenés la excusa perfecta para venir a pasar el día y terminar en una fiesta de pueblo. En mi opinión, las mejores.
Y si ya la viste, contale a todos los que no la vieron, porque no se la pueden perder”.









