Por Lucas Valenzuela (Mercedino estudiante de Periodismo deportivo)
Mucho tiempo transcurrid para que Nápoli levantara su primer Scudetto. Nos situamos en el año 1987, precisamente un 10 de mayo en el estadio San Paolo. El rival fue Fiorentina en la penúltima fecha, que contó con Roberto Baggio dentro de sus once. El resultado terminó igualando en uno, pero poco le importó al conjunto napolitano que gritó campeón.
Maradona, goleador con 10 tantos en su equipo durante toda la temporada, consiguió algo que los otros no pudieron.
Relegó a los poderosos de Italia, transformó la mirada de varios y les sacó una sonrisa a aquellos que más lo necesitaban. Con los rulos al viento y el número diez en la espalda, los paso por encima a todos. El único extranjero del plantel volvió a hacer historia. Esta vez, selló su primera alegría desde su llegada.
La Juventus de Michel Platini, Inter y Milan siempre miraron desde atrás, no les alcanzó con el poderoso Nápoles. 60 Años tuvieron que esperar los hinchas para festejar, el campo de juego era una multitud de gente que corría y buscaba a Diego, quien tenía la cinta de capitán en el brazo izquiero bien ajustada.
Abrazos, gritos, euforia y mucha adrenalina se vivió ese día. Claro, no era para menos. Maradona se transformó en la persona más importante de la ciudad sureña: gambetas, goles y altura para llevar a su equipo a lo más alto.
90.000 fanáticos desbordaron el estadio, sumado a otros miles que inundaron las calles con lágrimas de alegría y felicidad por el título conseguido. Diego estaba en su hogar: “Cuando fui campeón del mundo juvenil, en Japón, estaba lejos de mi patria y mi familia. En 1986, en México, pasó lo mismo. En cambio aquí, en Nápoles, me siento como en mi casa. Me siento un hijo de esta ciudad”.
Todavía faltaba mucho por vivir y varias historias que contar. Esta fue la primera. La más importante y la más emotiva. La que transformó el rumbo del club y la que fue el inicio de campeonatos exitosos en el futuro. Maradona lo hizo otra vez.







