World News - Sept. 24, 2009

¡Qué bueno…!, es lo que se me ocurre decir en este tiempo de cuarentena, en el que me han llegado comentarios como –Lo de Plácido Domingo y José Cabrera es increíble… o -Beethoven…maravilloso…para hacer una referencia a las historias que estamos presentando (de Daniel Colombo) y eso me pone muy bien. Sigamos con eso entonces…”. 

“Recursos”

El 18 de noviembre de 1994 el violinista Itzhak Perlman entró a escena para dar un concierto en el Avery Fisher Hall, del Lincoln Center de la ciudad de Nueva York.

Aquellos que lo conocen saben que, para el prestigioso músico, no es una tarea menor llegar al escenario. Cuando era niño tuvo polio, por lo que tiene ambas piernas sujetas con bragueros y camina con la ayuda de dos muletas. Verlo dar un paso por vez, costosa y lentamente, es conmovedor.

Caminó con gran dificultad, pero finalmente llegó a su silla. Se sentó lentamente dejó las muletas en el suelo, aflojó los sujetadores de sus piernas, colocó un pié hacia atrás y extendió el otro hacia adelante. Luego se inclinó, levantó el violín, lo puso bajo su mejilla, hizo una señal al director y comenzó a tocar.

Sus seguidores ya están acostumbrados a ese ritual; permanecen sentados, en silencio y esperan hasta que esté listo para interpretar.

 Esa noche, algo resultaría mal. En el preciso instante en que terminaba sus primeras estrofas, una de las cuerdas de su violín se rompió. Los espectadores pudieron escuchar, como nitidez, el sonido: saltó como un disparo atravesando el salón. Y tampoco hubo dudas sobre lo que el violinista debía hacer. Esa noche todos los concurrentes pensaron: “Tendrá que levantarse, ponerse los bragueros nuevamente, tomar las muletas y arrastrarse fuera del escenario, ya sea para buscar otro violín o una nueva cuerda”.

Pero Perlman no lo hizo. Permaneció en su lugar, esperó un momento, cerró sus ojos y luego hizo la señal al director de orquesta para que continuara con el concierto. La orquesta comenzó a tocar la nota que había quedado suspensa antes de que se rompiera la cuerda. Y el violinista tocó con tanta pasión, tanta fuerza y esplendor, como pocas veces se lo había escuchado antes.

Se sabe que es imposible interpretar un trabajo sinfónico con sólo tres cuerdas. Pero esa noche, Perlman, sin saberlo lo hizo posible. Los que presentaron el espectáculo quedaron absortos viéndolo modular, cambiar, recomponer la pieza en su mente. Sonó como si hubiera reemplazado el tono de la cuerda ausente, consiguiendo nuevos sonidos, nunca antes escuchados.

Cuando terminó de tocar, reinaba un impresionante silencio en la sala. Luego la gente se levantó y lo aclamó. Hubo un extraordinario aplauso proveniente de cada rincón. Todos lo ovacionaban de pie, haciendo todo lo posible para demostrarle cuánto apreciaban lo que acababa de hacer.

Perlman sonrió, se secó el sudor de la frente, detuvo la inclinación para aquietar al público y dijo, no con presunción, sino con un tono reverente, pensativo y calmo:

-Algunas veces, la tarea del artista es descubrir cuánta música puede hacer con lo que aún le queda.

“Callar”

 El joven discípulo llegó presuroso a la casa de un sabio filósofo para contarle algo:

-Maestro, un amigo suyo estuvo hablando de usted con malevolencia…

-¡Espera…! – lo interrumpió el filósofo-. ¿Ya pasaste lo que vas a contarme por la prueba de las tres rejas..?

-¿Las tres rejas..? -se sorprendió el joven.

-Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto…?

-No. Lo oí comentar a unos vecinos.

-Al menos lo habrás pasado por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme es bueno para alguien…?

-No en realidad, no. Al contrario…

– Ah, ¡vaya.!. La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta.?

 -A decir verdad, no.

-Entonces – dijo el maestro, sonriendo-, si no es necesario, ni bueno ni verdadero, sepultémoslo en el olvido.

“Rompecabezas”

Un científico preocupado por los problemas del mundo y estaba resuelto aencontrar los medios para atenuarlos. Durante días se encerraba en su laboratorio con el firme propósito de encontrar respuestas a sus preguntas.

Cierta vez, su hijo de siete años invadió su “santuario”, decidido a ayudarlo. El científico, nervioso por la interrupción, intento que el niño fuera a jugar a otro sitio.

Como se dio cuenta de que eso era imposible, procuró darlo algo para distraer su atención. Tomó un planisferio de una revista, con una tijera recortó el mapa en varios pedazos y se lo entregó junto a un rollo de cinta adhesiva.

-A ti te gustan los rompecabezas, ¿ no es cierto..? – le preguntó -. Pues voy a darte el mundo en pedacitos para que intentes unirlo.

Calculó que al niño le llevaría días reconstruirlo, pero horas después oyó que su hijo le decía:

-Padre, ya terminé.

Al principio el científico no dio crédito a sus palabras. A su edad, era imposible que hubiera podido recomponer un mapa que jamás había visto. Entonces, dejó a un lado sus anotaciones y levantó la mirada, seguro de que vería un trabajo digno de un niño. Pero para su sorpresa, todos los recortes habían sido colocados en su sitio correcto. -¿Cómo era posible..?

-Tú no sabes cómo es el mundo, hijo mío. – ¿Cómo lo conseguiste..?

El niño le respondió; Padre, es cierto, que yo no sé cómo es el mundo. Sin embargo cuando quitaste el papel de la revista para recortar, vi que del otro lado había una figura de un hombre. Cuando me diste el mundo para armarlo yo lo intenté…más no lo conseguí. Entonces me acordé del hombre, di vuelta los recortesy empecé a reconstruir la figura del hombre, que sí sé cómo es. Precisamente, cuando conseguí armar al hombre, di vuelta la hoja y me di cuenta de que se había armado el mundo.

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