Hoy en nuestra página y continuando con la muy buena literatura de escritores mercedinos, les regalamos un cuento del periodista Fernando Pacchiani, publicado en “Un 11 de Antología”. Concurso Nacional de Cuentos Roberto Santoro de Ediciones Al Arco.

Nos habíamos comprometido a no hacerle tocar la pelota. Tenía sí o sí que pasar desapercibido. Solo figurar, un número, uno más en la cancha. Para eso, era fundamental que cada uno estuviera concentrado los 90 minutos y cumplir con el rol que tenía asignado en el partido. “Equipo solidario, quiero, equipo solidario” – repetía nuestro capitán durante la arenga que habíamos tenido en el vestuario del estadio de la Liga.

Por eso, cuando le cayó la pelota en los pies faltando un minuto, con el partido empatado 0 a 0 y haciendo alarde de su extraordinaria velocidad, encaró directamente para el arco, nos paralizamos todos. La inmovilidad de nuestras piernas contrastaba con el serpenteo que le imprimía a las suyas para esquivar a uno y a otro. Las dos hinchadas se levantaron en las tribunas. El estadio completo enmudeció. Llevaba la pelota como atada a sus pies, a la carrera, con la cabeza gacha que de tanto en tanto levantaba y dejaba entrever unos desorbitados ojos celestes y una sonrisa inmensa, plena de felicidad.

Al verlo pisar el área, el arquero bajaba y subía los brazos desesperadamente intentando frenar la ejecución a la que estaba expuesto. Sus gestos, poco ortodoxos, distaban mucho de lo que un arquero debía hacer para tapar un mano a mano. Algunos de nuestros jugadores se agarraban la cabeza mientras otros miraban al cielo como implorando un milagro.

Un instante después de entrar en el área grande, con ángulo de tiro y ya perfilado, vimos como el balón se desprendía de su botín zurdo con un inexorable destino de red.

Para este partido final nos habíamos preparado con todo, superando con sacrificio y voluntad todas y cada una de las adversidades propias de un pueblerino equipo de fútbol. Jugadores que no asisten a las prácticas porque no obtuvieron permiso en el trabajo, lesiones que duran más de lo habitual o inconvenientes para entrenar en la cancha a raíz de las inundaciones.

Estos problemas nos habían diezmado. Llegamos a la final solo con once jugadores. Disputar semejante partido, sin suplentes, era un nuevo desafío que nuestro club debía afrontar. Pero éramos “Los Forzosos de Mercedes”, club social y deportivo fundado en 1910 y con algo más de cien años de historia estábamos por primera vez acariciando un campeonato de la liga local.

No obstante, a pesar de las bajas, manteníamos la columna vertebral del equipo. El Mono Arusta en el arco con sus casi dos metros de altura; en el fondo, nuestro capitán,  el correntino Luna, un central grandote, morochón, que metía miedo. ¡Había que pasarlo al negro! Cada vez que iba a cabecear al área contraria, nos cobraban foul en ataque porque el correntino de atropellada nomás desparramaba dos o tres jugadores.

En el medio un 5 de lujo, el rubio Goni, ¡ese sí que la pisaba y la tocaba lindo! Típico mediocampista de galera y bastón.

Después un poco más adelante el negro Barreda, un crack que manejaba los hilos del equipo, súper habilidoso que podía hacernos ganar un partido él solo y adelante el tanque Guerra, que con su sola presencia intimidaba a los defensores rivales;  el semilla Pérez, un wing rapidito, de esos que tiran buenos centros a la carrera y yo, tirado a la izquierda completando los tres de arriba.

Nos hicimos cargo, no había otra y decidimos jugar los once titulares, sin recambio. Pero al poco tiempo, se nos vino el mundo abajo. El negro Barreda, nuestro jugador estrella, ese 10 habilidoso y escurridizo como pocos, avisaba que por culpa de alguien al que se le enfermó no sabemos quién, no podía dejar la garita del ferrocarril en la que cumplía su tarea de guardabarrera.

Disputar una final tan importante sin suplentes ya era arriesgado, pero entrar a la cancha con uno menos, era como una afrenta a la historia del club.

       A pesar de todo, mientras las tribunas de a poco se iban poblando, entramos caminando lento al vestuario y empezamos a cambiarnos. El clima no era el mejor, reinaba un silencio, una desazón que nos helaba la sangre. Sabíamos que teníamos que hacer honor a nuestro nombre y a la historia del club pero no podíamos tener tanta mala suerte. Nadie hablaba, todos esperábamos la arenga final del correntino que seguramente diría algo así como que hay meter, estar concentrados y ser un equipo solidario, eso solidario. Siempre decía lo mismo antes de empezar los partidos.

        En eso estábamos cuando apareció Juan, el utilero, con la idea de incorporar al equipo al loco Polusso. Dijo que ya había hablado con el técnico y qué sin decirle que sí, tampoco le había dicho que no. Los diez lo miramos fijamente como tratando de entender si se trataba de una joda para levantarnos el ánimo. Pero nos dimos cuenta que iba en serio, que reglamentariamente se podía y no sé qué más. De nuevo, el silencio cómplice invadió el lugar y luego, de a poco, fueron apareciendo tímidas muestras de aprobación.

         En qué pueblo no vive un loco. Hay locos buenos, locos malos, locos lindos. Polusso era uno de estos últimos pero a su vez no era uno cualquiera. Era el hincha número uno de nuestro club. Andaba por las calles montado en su bicicleta siempre con la camiseta blanquinegra de Los Forzosos gritando a viva voz los goles del negro Barreda o las grandes atajadas del mono Arusta, dos de sus ídolos del club.

En los días de lluvia, estacionaba su bicicleta en el cordón de la vereda frente al único bar existente y se ponía a hacer jueguitos con la pelota en plena calle, mostrando una habilidad increíble con la zurda, la zurda que nunca llegó a ser. Luego de unos minutos, empapado se subía a la bicicleta y se alejaba gritando una hazaña goleadora de Los Forzosos que únicamente ocurría en su imaginación.

En otras ocasiones, se paraba en la vereda de la plaza, frente a la calle principal haciendo de nuevo jueguitos y cuando veía venir el colectivo de línea, le pegaba una bolea tremenda que el costado del micro le devolvía para que Polusso la matara de pecho y la guardara bajo su pie izquierdo.

Polusso, vivía solo, nunca nadie le conoció mujer o familia. Vendía rifas y con eso tiraba. La casa era un espectáculo aparte. Todo el frente estaba pintado con franjas blancas y negras y sobre una pared lateral estaban garabateadas las siluetas de un arquero al que “el loco” no se cansaba de patearle penales y un jugador con el 10 en la espalda, medio inclinado, pegándole con todo su empeine a un balón que vaya a saber qué destino tendría en la imaginación de quien era, en algunas ocasiones, el habilidoso 10 y en otras, el enorme guardameta.

Acá está – dijo el utilero. Polusso llevaba puesta la casaca 10 del club, pantalones cortos y unas descosidas alpargatas. Entonces el mono le prestó un par de botines que traía de más.

  • Loco – le dijo el técnico. Vos hacé lo que te digan los muchachos. Quedate por la mitad de la cancha – sabés – hacé bulto y nada más.

     Pero el loco pareció no escuchar las indicaciones del DT, estaba obsesionado pasándole un trapo a los botines que se había calzado.

     Luego vino la arenga del capitán y salimos a la cancha.

    Los hinchas se miraban sorprendidos. ¿Qué hacía el loco Polusso entre los titulares? ¿Qué pasó con el negro Barreda? No había tiempo para respuestas. El partido estaba por comenzar. Alguien se animó a decir que el loco no era tan grande de edad como aparentaba, que la movía bastante bien pero que en realidad nunca había jugado al fútbol y esa frustración lo había llevado a la locura.

     Ese era el motivo por el cual nos habíamos comprometido a no hacerle tocar la pelota al loco. Podía salir con cualquiera. Sí o sí tenía que pasar desapercibido. Hasta que faltando un minuto para el final, tal vez por un mal rebote o vaya a saber,  el loco agarró la pelota.

-Loco, tocála – le dijo el 5 – devolvéla. Pasámela – loco – le gritó desesperado. Pero el loco no escuchaba, todo lo contrario, parecía estar solo, él, la pelota, una cancha, un partido como tantas veces soñó.

Y haciendo alarde de su extraordinaria velocidad encaró para el arco, ahí nos paralizamos. Lo que sigue ya lo sabemos, entró al área, se perfiló, y sacó un violento zurdazo con inexorable destino de red.

El mono Arusta voló estirando toda su humanidad. Exigió el brazo lo más que pudo pero le resultó imposible sacar la pelota que se clavó en el ángulo izquierdo. Fue un verdadero golazo.

El loco giraba, miraba todo a su alrededor y sonreía como si no comprendiera. Era el centro, al mismo tiempo, de los insultos de unos y los vítores de otros.

Entretanto de aquel lado del campo de juego, un puñado de jugadores de casacas rojas y azules se abrazaban festejando el gol del loco Polusso, la victoria y el campeonato.

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