Once cuentos inconexos

0

El cuento que podemos compartir hoy, pertenece al escritor mercedino Eduardo Luis Scioli, e integra la edición de 2005, presentada por el autor en nuestra ciudad por el FEM, (Fondo Editorial Mercedes). Una manera simple e intrigante de relatar, es la característica que presenta su lectura.

ÁNGEL (Eduardo Luis Scioli)

El cielo parecía partirse en mil pedazos con cada trueno. Era una madrugada oscura que sólo se iluminaba con la luz de los relámpagos. Él estaba allí, sentado bajo el refugio de una parada de colectivos; la cabeza gacha mirando el ramo de rosas rojas que colgaba de sus manos. Se dijo a sí mismo que esperaba cinco minutos más y si ella no aparecía, entonces se olvidaría del asunto.

Decepciones como esa no eran nuevas para él. No era la primera y tampoco sería la última. Pensando en cuántas veces le había ocurrido lo mismo, los cinco minutos se pasaron volando. Arrojó el ramo de flores a la basura y emprendió la marcha a través de la cortina de agua que parecía inagotable. Por suerte no se había olvidado de traer paraguas, sino el trayecto hacia su departamento hubiera sido peor. Caminó media cuadra esquivando los baches esquivando los baches llenos de agua que había en la vereda y al llegar a la esquina dobló hacia la derecha. Un relámpago iluminó su camino y en ese momento fue cuando la vio. Casi se la lleva por delante, ya que la oscuridad era absoluta, y de no ser por la luz de ese relámpago seguramente se hubieran chocado. Los dos se miraron sorprendidos. Era lógico, no es muy común encontrarse con una persona a las dos de la mañana, en medio de semejante tormenta. Ella estaba empapada de los pies a la cabeza. Parecía confundida o desorientada, como si fuera una niña perdida buscando a su mamá en el medio de un aeropuerto. Él sintió el impulso de ayudarla, no sé si por dar una muestra de caballerosidad o por simple compasión.

-¿Necesitás ayuda…? – dijo él. Ella lo miró como si no hubiera entendido sus palabras. Él siguió hablando.

-Te podés enfermar bajo esta lluvia. Si querés te acompaño a donde vayas, mi paraguas es lo suficientemente grande como para los dos.

Ella asintió sin mucha convicción y le señaló la dirección hacia donde se dirigía. Caminaron en silencio durante diez minutos. Ninguno de los dos pronunció palabra alguna. Ella seguía inmersa en ese trance de desorientación y confusión. Él, mientras tanto, se dedicaba a mirarla con suma atención. Era muy hermosa, pero él no sólo la miraba por su belleza, sino que había algo en ella que no parecía natural, una especie de halo etéreo que la hacía ver diferente, como si irradiara una suave luz.

Sin que se dieran cuenta, habían llegado hasta la entrada de un edificio de departamentos. La casualidad no podía ser mayor, los dos vivían ahí mismo.

Él se detuvo antes de entrar en el hall y le preguntó casi con desconfianza.

-¿Vivís aquí…?

-Si- contestó ella despreocupada, como si no hubiese notado el tono escéptico de la pregunta. Ya no se la notaba tan desorientada como antes. Al entrar, su semblante había cambiado y ahora parecía más relajada aunque pensativa.

-Yo también vivo aquí y jamás te había visto antes.

-Me mudé hace dos días.

Esa era tal vez la razón por la cual nunca se habían cruzado. Sin embargo, a él le resultaba un poco extraño. El edificio no era muy grande y él conocía a todos los vecinos, con los que tenía un trato más bien formal – hola, que tal, como le va, hasta luego- pero igualmente todos sabían quién era quién y si algo nuevo ocurría, en menos de veinticuatro horas todo el edificio se enteraba.

Subieron juntos al ascensor. Él vivía en el cuarto piso. En total el edificio tenía cinco pisos de cuatro departamentos cada uno. Ella vivía en el quinto, el único que había deshabitado hasta el momento. Se despidieron cuando él bajó en su piso. Ella lo saludó con un ´nos vemos´ y una sonrisa. Estuvieron juntos sólo por veinte minutos pero era la primera vez que él la veía sonreír. Sus labios se arquearon levemente, casi con un dejo de timidez. Pero lo más notorio era cierto sentimiento de paz que prevenía de esa sonrisa, algo que contrastaba con su confusión anterior.

La máquina contestadora tenía un mensaje grabado.

-Ángel, te habla Gaby. Disculpame por haberte dejado plantado. La verdad es que no puedo salir con vos. Martín vino a verme a la tarde y vamos a volver a estar juntos. Lo siento mucho, igual podemos seguir siendo amigos. Adiós. Un beso. ¡Biiip!

Las palabras de Gabriela sonaban un tanto forzadas, seguramente el mensaje estaba preparado y ensayado previamente. Ángel pensó: al menos hubiera tenido la gentileza de llamarme antes´. Sin ánimo de seguir despierto se tiró en la cama a dormir.

Ángel levantó la cafetera del fuego, un segundo antes de quemar el café. Cuando se disponía a salir a trabajar, temprano después de mucho tiempo escuchó sirenas en la calle y vehículos que se detenían en la entrada del edificio. Se asomó por el balcón y vio un patrullero y una ambulancia estacionados. Al bajar por la escalera, dos policías acompañados por la mujer del encargado, subían rápidamente y pasaron a su lado ignorándolo. ´´Buenos días, señora Gutiérrez´, dijo él. La mujer con los ojos llorosos seguía a los uniformados como un autómata y no le devolvió el saludo.

En la planta baja encontró una cinta de seguridad blanca y roja, vallando el paso hacia el patio interno del edificio. Desde allí se veía un grupo de camilleros y médicos trabajando. Otro policía montaba guardia en el hall, y como el hombre pareció no verlo, Ángel cruzó el vallado impulsado por la curiosidad, pensó. Alguien había caído desde uno de los balcones, pero no podía ver quién era. Los hombres de blando le daban la espalda y le tapaban el panorama. Hasta que uno de ellos se corrió lo suficiente .La sorpresa le hizo temblar como una hoja al viento. En la camilla yacía el cuerpo inerte de su vecina del quinto piso, la chica que había conocido a la madrugada. El rostro estaba intacto, tal cual lo recordaba. El impacto de la caía lo había sufrido en la nuca. Ángel no se impresionó, como si la muerte le resultara un hecho familiar. Uno de los médicos comentó.

-Díganle al inspector que falleció a la una de la mañana.

Los camilleros cubrieron el cuerpo con una manta y rumbearon hacia el hall. Ángel los siguió fascinado hasta la calle. Allí vio como subían la camilla a la ambulancia. Junto a la entrada del edificio, el encargado conversaba con un policía de civil. Se disponía a escuchar lo que decían cuando detrás de ellos, la vio otra vez, Era ella, que lo saludaba y lo llamaba con la mano. Brillaba con su extraña luminosidad y a la vez un haz de luz bajaba desde el cielo sobre su singular figura.

Mientras tanto el oficial, escuchaba los lamentos del encargado.

-Es increíble. Espero que se trate de una coincidencia fatal. Dos tragedias en una misma noche. A la chica hacía poco que la conocíamos, pero el muchacho del cuarto piso era un inquilino de años. Era joven; qué manera de morirse, un infarto en la parada de colectivos. Y lo encontramos sentadito, con un ramo de flores en la mano. Ni se debe haber dado cuenta de lo que pasó.

Juntos se reunieron bajo la luz y, lentamente, se dejaron llevar. Ella se veía hermosa mientras se elevaban. Hermosa como un ángel, pensó él.

DEJA UNA RESPUESTA

Pone tu comentario
introduzca su nombre