“La cuarentena nos hace a todos pensar y repensar cosas. Si alguien me ha hecho reír ha sido el “Turco” Arriola (Pedro) y quiero relatar algunas de sus “travesuras”, propias de sentido del humor. Otra parte de mi vida la transité muy cerca de la familia Merola y de ellos tengo también algo que recordar…”. 

Rapidez…!

Comenzando una vacación en la etapa de mi secundario en el Nacional, respondí a un aviso por el que se pedía un “chico” para dependiente de almacén y me presenté en el negocio de don Antonio Merola, en 18 y 19, faltando a la verdad al decir que había dejado de estudiar. Luego de una charla con Merola y su esposa Alba a quien él llamaba “Tesoro”, quedé en comenzar al otro día. Supe desde ese momento que el trabajo era por el tiempo de verano y nada más, por las fiestas y todo eso.  

A poco de empezar barriendo, limpiando, acomodando mercaderías o lo que fuese, comencé a entreverarme con las ventas y el despacho, lo que me encantaba. Era tiempos en que todo era “suelto”, los fideos, el arroz, las galletitas, el azúcar…y etc. y que envolvíamos en papel de estraza y le hacíamos una suerte de repulgue como a las empanadas para cerrarlo. Confieso que eso me costó bastante aprender, viendo a don Antonio que lo hacía muy fácilmente, pese a que carecía de dos dedos, índice y anular en una de sus manos. Las cuentas también las hacíamos en ese papel.

Pasaron los meses y se aproximaba marzo y era mi tortura pensar en que debería decirles la verdad y confesar mi mentira, pero llegó el momento y promediando febrero se los dije. Fue grande mi sorpresa cuando ellos me dijeron que ya sabían todo de mi y de mi familia y me propusieron seguir trabajando por la tarde en tiempo de clases, lo que de inmediato acepté.

Vale la pena decir algo que no quiero dejar pasar. Al comienzo y pese a haber tratado una paga, cuando llegó el día de cobrar por primera vez, la suma que me dieron fue de casi el doble y estoy hablando de buen dinero. En eso tuvo que ver Alba, que detrás de un rostro severo y carácter duro, escondía un enorme y generoso corazón, tanto que cuando comenzaron mis obligaciones de estudiante, pese a trabajar medio día y faltar cuando lo necesité, el sueldo fue el mismo.

Ahora les cuento. Sus dos hijos varones, eran Aníbal, que ya es fallecido y Pablo, uno de mis seres queridos de la vida. Ambos eran para las cuentas sobre el papel envoltorio, muy veloces y a los que nunca logré vencer, pese a intentarlo con algún buen resultado. Entre ellos eran muy parejos.

Cuando Pablo abrió su negocio, también de almacén en la esquina de 30 y 23 (hoy local del sindicato de la carne), arregló con sus viejos y fui con él. Alguna vez entonces y por vacaciones o algo que se presentara, volví al negocio de don Antonio o fui al de Aníbal, en 14 y 41.  Con él es que viví esta experiencia fantástica. Una tarde, muy temprano y de mucho calor, entró al negocio de Aníbal un vendedor de máquinas de sumar que eran mecánicas y a “manija”´. Luego de desplegar todo su arte vendedor y no habiendo obtenido resultados positivos, Aníbal le hizo un desafío que yo vi concretarse. Yo preparé dos listas idénticas en sendos papeles y se las entregué al mismo tiempo a los dos. Quien lograra las sumas de varios números de cuatro cifras en menor tiempo y correctas, era el ganador. Aníbal le había dicho que si él perdía, le compraba sin chistar la famosa “maquina”.

La competencia lo vio ganador a Aníbal y el vendedor no dijo casi ni una sola palabra y con la máquina en su valija, se fue en silencio. A Pablo no lo pude medir en una competencia de ese tipo. Con ellos aprendí a sumar muy rápidamente.

Estuve con Pablo por muchos años, inclusive en 1963, ya bachiller. Al año siguiente ingresé a la Policía Federal en la Falcón y Aníbal con su esposa y su hijo que lleva su mismo nombre, estuvieron conmigo en mi juramento a la bandera el 20 de junio de ese 1964.

Anécdotas con Pablo, un millón…quizá les cuente algunas en breve.         

CHISTES  BROMAS RECUERDOS…!

Varias del Turco (Arriola)

¡..Con el debido respeto a su memoria, venia y casi complicidad de su hijo Ricardo (Petaca), voy a contarles algunas anécdotas del “Turco”, Pedro Arriola. Se necesita amplio sentido del humor para entenderlas como tales, caso contrario abstenerse…!

Como sabemos, Pedro Arriola ha sido empleado bancario toda su vida, renunciando a ascensos en su trabajo, por no dejar Mercedes como su lugar de trabajo. Siempre su área estuvo dependiendo de Tesorería, de modo que verlo en la caja era lo normal y allí fue protagonista.

Cierta vez, una cliente del Banco (Nación) que no gustaba de esperar su turno como correspondía, comenzó a dejarle al “Turco”, sus depósitos a plazo fijos para renovar sin decir más que –ahí se lo dejo señor Arriola-, pasando antes del cierre a retirar el nuevo documento. Eso ocurría con anuencia de los jefes de nuestro personaje hasta que en una oportunidad, la dama en cuestión no pasó por la sucursal, sino hasta el día siguiente y fue entonces cuando se escuchó algo así –señora por favor, no me deje esto de un día para otro porque me compromete -. Molesta, la dueña de una cuenta de varias cifras en la sucursal, habló con el gerente poniendo el grito en el cielo. Ya cerrada la actividad de ese día, éste reconvino al “Turco” para que no fuese tan duro y perjudicara la relación del banco con la cliente. Todo quedó así, hasta que poco después y seguramente sin que se volviesen a ver, Roberto (¿?), un amigo de Arriola, lo esperó como de costumbre al final de la jornada y ocupó el asiento del acompañante, saliendo por calle 20. Al llegar al cruce con 31, Arriola vió a la “señora en cuestión” que caminaba en sentido contrario y esto pasó: -Roberto, hágame el favor, baje su ventanilla que quiero decirle algo a esa mujer -. El amigo hizo lo propio al tiempo en que el “Turco” descargó una serie de improperios que Roberto no repetiría jamás cuando se hablaba de eso. El apuro por cerrar la ventanilla, terminó con la manija rota en su mano. El gerente intervino al día siguiente para calmar los ánimos pero si sirve de algo, el “Turco” siguió en su caja y la cliente continuó como tal allí, pero atendida por otros empleados y Roberto anduvo siempre con la ventana de su lado cerrada.

Otra

En esa misma sucursal, antes de la remodelación que presenta hoy en las instalaciones, el calor era en verano verdaderamente insoportable. Pedro (Arriola), ponía un ventilador debajo del mostrador para estar algo más fresco, pero un día sofocante por demás se sacó su pantalón sin perder, a la vista de los clientes, la pulcritud en su camisa y corbata. Por detrás de él, acertó a pasar el gerente y al ver la escena increíble dijo:  – Arriola, lo espero en mi oficina – recibiendo la siguiente respuesta – se imaginará señor, que ya no va a poder ser -. Claro, porque de hacerlo, todos serían testigos de aquella “realidad al desnudo”. 

No hay dos sin tres

Mientras se realizaban las obras de remodelación de la sucursal, el banco comenzó a operar en la esquina de avenida 29 y 18, lugar  en el que antes había una concesionaria automotriz (Arenas), inmueble con dificultades funcionales para una entidad bancaria. Pedro, que estaba en una de las cajas e instaló un “zorrino”, instrumento que manda agua al parabrisas de los autos). Lo orientó hacia arriba y cuando lo pulsaba, el agua caía a modo de lluvia sobre hombros y cabezas de clientes, que se quejaban y el “Turco” decía – es deplorable el estado de este edificio, se llueve cuando caen cuatro gotas y después sigue por varios días -. En ese tiempo cuando preguntaban por la gerencia, él les señalaba los carteles que perduraban desde antes en la concesionaria y decía – por LAVADO Y ENGRASE – . Imperdible realmente.

DEJA UNA RESPUESTA

Pone tu comentario
introduzca su nombre