En días recientes, nuestra ciudad ha perdido a dos mercedinos sumamente destacados en las ciencias, que nos han enorgullecido con sus vidas prestigiosas, galardonadas con premios y distinciones.
Me refiero en primer término al Dr. Fortunato Benaim, fallecido a la edad de 103 años en la Ciudad de Buenos Aires, en la que se había radicado. Fue cirujano eminente, egresado de la Universidad de Buenos Aires con las más altas calificaciones; ejerció incansablemente su profesión, hasta hace muy pocos años. Su tesis como Doctor en Medicina versó sobre el injerto de piel, con calificación sobresaliente. En 1956 accedió al cargo de Director del Instituto Nacional de Quemados, Cirugía Plástica y Reparadora. Con el tiempo creó la Fundación del Quemado, el Banco de Piel y el Laboratorio de Cultivos Celulares, que le valieron el reconocimiento científico de sus pares. Ejerció la docencia universitaria y contribuyó en la formación de médicos de varias generaciones.
Había nacido en Mercedes el 18 de octubre de 1919; integró y fue el último sobreviviente de la Promoción de Bachilleres Año 1937 del Colegio Nacional Florentino Ameghino, condiscípulo de Bolgiani, Ferreiro, Fasce, Alvis y tantos más, con quienes se reunió por última vez al celebrar las Bodas de Oro del egreso. Además se destacó por ser un violinista virtuoso, que en los comienzos de su dilatada carrera le sirvió para costearse los estudios formando parte de varias orquestas.
Y también se extinguió la vida de Mario César Saporiti, a los 68 años, en la ciudad de Bariloche, en la que quiso vivir por haberla conocido en el Viaje de Egresados del
Secundario; había integrado la Primera Promoción del Instituto Parroquial Padre
Ansaldo. Nacido el 28 de junio de 1955, desde muy joven fue uno de los precursores de la Astronomía local, contribuyendo a la Creación del Observatorio, junto al Ing. Ángel
Di Palma y los profesores Carlos Fiorelli y Miguel Ángel Di Laurenti. Su conocimiento del universo astral era realmente apabullante, podría decirse que tenía el mapa estelar en la cabeza; su interés lo absorbía con dedicación excluyente de otras materias, ya fueran deportes o actividades artísticas. Risueñamente se le hacía notar que vivía en “otra galaxia”, que tenía que “bajar a la Tierra”, tal era el grado de abstracción de las cosas cotidianas. Para sus seguidores era fuente de consulta permanente, no se le olvidaba nada, ya fuera un meteorito, un ovni o un eclipse, siempre informado y documentado.
Como se dijera, estaba radicado en Bariloche, era Técnico en Computación y Programación; dueño de una inteligencia superior, sus estudios universitarios le permitieron desarrollar una muy pujante empresa, sumamente requerida en el ámbito de esa ciudad rionegrina y sus alrededores. Y precisamente allí, en esos lugares del Sur, dio rienda a su otra pasión, la Naturaleza; era un ecologista a ultranza, observador y contemplativo de los paisajes, que disfrutaba en caminatas y trekkings.
Fueron dos vidas de mercedinos descollantes, que se apagaron y enlutan a la comunidad, pero que seguramente habrán de ser reconocidas por nuestros conciudadanos.
Patricio J. M. Ferreiro






