Ha sido tradicionalmente nuestra amada Mercedes, prolífica generadora de talentos que han descollado en las más diversas actividades, incluso trascendiendo, muchos de ellos, a escenarios internacionales.
Con profundo pesar destacamos hoy la desaparición de una de las más destacas figuras de la medicina del país, nacidas en nuestra Ciudad, el Dr. Fortunato Benaím, fallecido a los 103 años de edad; quien junto a su hermano, prominente neurocirujano, cursaron ambos la secundaria en el Colegio Nacional “Florentino Ameghino”; y se recibieron en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.
Llegó Fortunato a ser en sus aulas Profesor Honorario de Cirugía, reconocido por sus investigaciones en el campo de la dermatología y la cirugía reconstructiva, considerado un ilustre maestro en medicina del quemado, cuyas investigaciones y logros abrieron camino a terapias que fueron adoptadas, en clínicas y hospitales de diversos países del mundo y que llevan su nombre. Por caso, su aporte a la vascularización de los injertos cutáneos, que fue ampliamente recepcionada por la Universidad Cornell, en el Hospital de Nueva York.
Fundó la Federación Iberolatinoamericana de Cirugía Plástica y la Sociedad Internacional de Quemaduras, siendo su primer presidente.
En 1956 fue designado por concurso, Director del Instituto Nacional de Quemados, que se convirtiera luego en Hospital de Quemados; dejando en la Institución su impronta de intensivo trabajo, creatividad y dedicación. Desde allí creó la Fundación del Quemado –que lleva su nombre-, promoviendo la especialización de profesionales en la disciplina, que se dedicaron a la investigación, prevención y tratamiento de las quemaduras, a través de una labor sin precedentes en el país.
Permítaseme ahora la digresión de una evocación que conlleva mi más sentido homenaje a su memoria. Fueron los hermanos Benaím, amigos de mi Padre y de mis tíos, en tanto miembros de la misma generación de mercedinos y compañeros de estudio. Si bien su ejercicio profesional los llevo a residir lejos de Mercedes, demostraron ambos un perdurable amor por su pago natal. En tal contexto era frecuente que mi padre, llamara a Fortunato para recomendarle la atención de algún paciente cuya gravedad ameritaba una terapia especializada; acogiendo invariablemente con absoluta receptividad el requerimiento de su entrañable amigo. También el destino quiso que yo apelara a su generosidad. Una niña de solo cinco años –hija de estrechos amigos-, celebraba su cumpleaños y al momento de apagar las tradicionales velitas, un globo inflado con oxígeno, estalló produciéndole una seria quemadura en el rostro. De inmediato lo llamé a Fortunato, invocando la amistad con mis mayores, quien me atendió muy afectuosamente, indicándome la trasladara a la niña con premura. Cuando llegamos al Hospital de Quemados; el propio Benaim –su Director-, nos esperaba, disponiendo la internación. Debo agregar que la terapia en manos tan idóneas, afortunadamente no dejó secuela alguna.
Así mismo mi tío Waldemar Dulevich; médico de intensivo ejercicio vocacional durante décadas en el histórico Hospital “Blas Dubarry”; solía llamarlo a Benaim para consultarle sobre quemados asistidos en el nosocomio local; respondiendo siempre con amplio acogimiento, en nombre de la proverbial atención que brindaba a su condición de mercedino, que honró con amorosa entrega.
Ya Fortunato Benaím, está inscripto en los anales de una Ciudad que crece, pero preserva como paradigmas atemporales, a quienes se han hecho acreedores al recuerdo y la gratitud imperecedera de sus compueblanos.
Escribe Ariel Dulevich Uzal






